viernes, 28 de junio de 2013

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO, APÓSTOLES Evangelio: Mateo 16,13-19



SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO, APÓSTOLES

Un testimonio firmado con la propia sangre.
Evangelio: Mateo 16,13-19: En aquel tiempo Jesús se fue a la región de Cesarea de Filipo. Estando allí, preguntó a sus discípulos: “Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo? ¿Quién es el Hijo del Hombre?”. Respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros que eres Elías, o bien Jeremías o alguno de los profetas”. Jesús les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”
La solemnidad de los Santos Pedro y Pablo nos permite contemplar la profunda y fiel amistad entre Jesucristo y estos dos elegidos para misiones muy importantes.
En la Liturgia de la Palabra de la Solemnidad, encontramos:
En los hechos de los apóstoles, Pedro recibe la visita en la cárcel de un ángel enviado por Dios que lo invita a ponerse en pie y seguirlo. Pedro deberá reemprender su misión al frente de la Iglesia naciente.
Pablo, en la carta a Timoteo hace un recuerdo emocionado de su entrega a Cristo: “he combatido el buen combate”. Sabe que Dios lo escogió desde el seno de su madre para revelarle a Cristo y para llamarlo a anunciarlo a todos los pueblos. Ahora al final de su carrera, reconoce con gratitud que Cristo lo ayudó y le dio fuerzas.
En Pedro y en Pablo resalta su íntima amistad con el maestro. Ambos gozan la experiencia del amor de Dios en Cristo. Esa experiencia los acompañó toda su vida y les dio conciencia de su misión. Con razón exclama Pedro con emoción: “Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que yo te amo”
  1. Pedro y Pablo: dos caminos y un mismo destino.
Una antigua y muy respetable tradición asocia a Pedro y Pablo. Partiendo de Jerusalén, cada uno de ellos llegó por sus propios medios a la capital del Imperio Romano, el “centro del mundo”, para animar las comunidades testimonian a Cristo en este lugar. Allí evangelizaron hasta que sellaron su ministerio apostólico en el martirio, con su propia sangre.
El historiador Eusebio de Cesarea, dice: “Por último de sus iniquidades, el emperador Nerón declaró la primera persecución contra los cristianos cuando los santísimos Apóstoles, Pedro y Pablo fueron coronados en el combate por Cristo con la corona del martirio”.
Y Sulpicio Severo afirma: “Por leyes se prohibió la religión y por edicto se declaró no ser lícito el cristianismo. Entonces fueron condenados a muerte Pedro y Pablo. A Pablo le cortaron a espada el cuello, a Pedro lo levantaron en una cruz”.
  1. Dos martirios que perduran en la memoria de la Iglesia.
En las catacumbas romanas están los nombres de los dos apóstoles gravados el uno al lado del otro en los “grafittis” de los pasadizos subterráneos. Las dos basílicas mayores en Roma llevan sus nombres. Se los ve juntos, llevando en sus manos los instrumentos de su martirio: Pedro, la cruz invertida, porque según la tradición se declaró indigno morir de manera idéntica a su Maestro; Pablo, la espada con la que fue decapitado, probablemente en un sitio conocido como “Tres Fuentes”.
Dice san Agustín: “Se celebra el mismo día la pasión de los dos apóstoles, pero los dos no hacen más que uno”.
  1. Dos personajes distintos.
¿Qué hay de común entre el humilde pescador de Galilea y el intelectual salido de la academia de Tarso, de la prestigiosa escuela de Gamaliel?
Pedro anduvo con Jesús por los caminos de Galilea, lo siguió generosamente, tomando el liderazgo entre sus compañeros, sufriendo las consecuencias de la terquedad de su noble corazón. Acompañó al Maestro hasta el fin o casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.
Pablo no caminó con Jesús, ni escuchó sus parábolas, ni compartió con él la cena. A pesar de que escuchó hablar de él, lo que hizo fue combatir a los cristianos que anunciaban su memoria y afirmaban su resurrección. Él experimentó la misericordia del Resucitado, quien lo llamó en el camino de Damasco e hizo de él un intrépido apóstol que abrió tantos caminos al evangelio y formó comunidades que hoy siguen inspirando las nuestras.
  1. Pedro y Pablo: Un camino de comunión.
Pedro y Pablo, diferentes en sus orígenes, formación y temperamento, a pesar de sus resistencias, fueron llamados y moldeados por las palabras y el Espíritu de Jesús.
El Señor hizo que sus ministerios fueran complementarios y los constituyó en pilares de la Iglesia naciente.
El entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”. En Gálatas 2,9, Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión”, pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio, lo acusó de arrastrar a otros a “actuar la misma comedia” (Gál 2,11-14).
La complementariedad entre los dos apóstoles es necesaria. Por eso, cuando tenían un problema, dialogaban entre ellos y, si era el caso, debatían algunos temas polémicos que iban surgiendo. Lo importante era que:
1º lo hacían con una fidelidad total al Señor, sin apartar la mirada de Él; y
2º se dejaban orientar por los demás apóstoles.
  1. Hoy son motivo de una misma fiesta.
Pedro y Pablo, cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado lo llenara todo. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.
  1. Pedro, la “Roca” de la Iglesia.
El evangelio se centra en la persona de Pedro, el discípulo que Jesús ha venido educando progresivamente en la fe (Mt 14,31).
La revelación de la filiación divina de Jesús, “el Hijo de Dios vivo”, que hace de Pablo un apóstol (Gál 1,16), constituye a Simón Pedro en la roca sobre la cual Jesús construirá su Iglesia, una roca que ni aún las fuerzas del mal conseguirán abatir. Su confesión de fe expresa el sentir de la Iglesia entera, su fe es clara e inequívoca.
  1. Simón dice a Jesús: “Tú eres el Mesías…”
Después que le hacen el repaso de las diversas opiniones que la gente tiene acerca de él (16,13-14), Jesús pregunta a los discípulos qué opinión tienen de Él. Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (16,16).
En esta confesión de fe, el apóstol reconoce la doble relación que caracteriza de manera inequívoca a Jesús:
1º Con relación al pueblo, Jesús es el Cristo (Mesías): el único, el último y definitivo rey y pastor del pueblo de Israel, enviado por Dios para darle a este pueblo y a toda la humanidad la plenitud de vida.
2º Con relación a Dios, Jesús es su Hijo: vive en una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor entre el Padre y entre ellos (Mt 11,27).
El Dios que revela Jesús es calificado como “Dios viviente”, es decir, el único Dios, el verdadero y real, que es vida en sí mismo, que ha creado todo, que su inmenso poder vence la muerte.
Lo que dice Pedro de Dios tiene que ver directamente con Jesús, Él es el único Mesías que ligado al Dios viviente, está en capacidad de conceder a la humanidad el bienestar verdadero, el crecimiento integral y armónico, y la plenitud de la existencia mediante su donación en el camino de la cruz.
  1. Jesús dice a Simón: “Tú eres Pedro…”
Una vez que Pedro confiesa la fe, Jesús se dirige a él, bellamente:
1º Le llama con nombre propio y con su patronímico (nombre del papá) para indicar:
v  Su plena realidad humana: “Simón”.
v  Su origen y su historia: “Hijo de Jonás”.
2º Jesús le revela el don extraordinario que hace posible esta confesión: el Padre celestial le dio este conocimiento que no se alcanza por medios humanos. Simón además de ser llamado por Jesús ha sido privilegiado por el Padre, por eso es “Bienaventurado”, es decir, “¡Feliz!”.
3º Jesús le pone un nuevo nombre. Al “Tú eres” dicho por Simón a Jesús, Jesús le responde con otro “Tú eres” de su nueva identidad: “Tú eres Pedro”, es decir “Roca”. Este término no aparecía como nombre de persona, es una nueva creación de Jesús.
4º Jesús le da una nueva tarea y una nueva responsabilidad (como en Gn 17,5.15; Nm 13,16; 2 Rey 24,17). Con tres imágenes Jesús describe la nueva tarea del apóstol:
v  La Roca: Sobre la que Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión de fe de Pedro. Pedro debe dar consistencia y firmeza a esta comunidad de fe. Jesús promete a la comunidad, la casa edificada sobre ella, una duración perenne y una gran solidez (2 Sam 7,1-17).
v  Las Llaves: Pedro no es nombrado portero del cielo sino el administrador que representa al dueño de la casa ante los demás y que actúa por delegación suya. La imagen está tomada de Isaías 22,15-25, donde se describe el nombramiento de Eliakim como primer ministro del rey Ezequías de Judá. Jesús es el “Señor de la Iglesia”.
v  El Atar y Desatar: Imagen que indica la autoridad de su enseñanza (ver lo contrario en Mt 16,12). Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.
Jesús es su pastor y nunca la abandona sino que le da una guía con autoridad. En la Iglesia todo proviene de Jesús y apunta a Él. Es cierto que quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular.
Pedro debe hacer visible este fundamento siendo signo de unidad y de comunión entre todos los que confiesan la misma fe. Con razón decía San Ambrosio: “Ubi Petrus, Ibi Ecclesia”: “donde está Pedro, allí está la Iglesia”.
  1. Saber decir: “Mi Iglesia”
Jesús dice “mi Iglesia”, en singular, no “mis Iglesias”. Él ha pensado y deseado una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor, en conflicto entre ellas.
“Mía”, además de ser singular, es también un adjetivo posesivo. Jesús reconoce la Iglesia como “suya”, dice “mi Iglesia” como si un hombre dijera “mi esposa” o “mi cuerpo”. Se identifica con ella.
En las palabras de Jesús hay un fuerte llamado a reconciliarse con la Iglesia. Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre.
Dice San Cipriano: “No puede tener a Dios por Padre, quien no tiene a las Iglesia por Madre”. Un buen fruto de esta solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo sería que aprendiéramos a decir nosotros los miembros de la Iglesia Católica a la cual pertenecemos: “¡Mi Iglesia!”.
  1. Mensaje doctrinal de esta solemnidad.
  1. Pedro y Pablo fieles a su misión.
Esta Solemnidad aparece en el santoral incluso antes que la fiesta de navidad. En el siglo IV ya existía la costumbre de celebrar tres misas una en la Basílica Vaticana, otra en San Pablo Extra Muros y otra en las catacumbas de San Sebastián, donde se escondieron las reliquias de los apóstoles durante algún tiempo. En un principio se consideró que el 29 de junio fuese el día en el que, en el año 67, Pedro sufrió el martirio en la colina vaticana y Pablo en la localidad “Tres Fontanas”. El martirio es un dato histórico incuestionable que tuvo lugar en Roma en la época de Nerón, en cuanto al día y el año de la muerte de los dos apóstoles, pero parece que se sitúa entre el 67 y el 64.
  1. El Colegio Episcopal y su cabeza, el Papa.
Cristo, al instituir a los Doce, "formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él". "Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás apóstoles forman un único colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles". El Señor hizo de Simón, al que llamó Pedro, y solamente de él, la piedra angular de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño. "Está claro que también el Colegio de los apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro". Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.
El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles". "El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad". (Catecismo de la Iglesia Católica 881-882).
Pedro y Pablo: dos personas diferentes, dos historias distintas, dos «conversiones» nada parecidas (la de Pedro duró tres años; la de Pablo, un instante), dos apostolados diferentes, que cada vez se fueron pareciendo más, hasta quedar unidos en el martirio en Roma, bajo Nerón.
Pedro se había retirado a Galilea después de la muerte de Jesús, pero la resurrección lo hizo volver a Jerusalén, a reunir a la comunidad mesiánica y esperar la venida del Hijo del hombre. Pedro reconoció desde el principio la misión que Cristo había confiado a Pablo.
Pablo y toda la Iglesia de Antioquía habían visto la obra desbordante del Espíritu entre los paganos, sin que dejaran de serlo. Fueron, con el testimonio de esta obra de Dios, a Jerusalén, a buscar el acuerdo de los apóstoles y salvar así la unidad de la Iglesia. Santiago, el eterno judaizante, y Pedro y Juan reconocieron que la dirección de la Iglesia pasaba por encima de ellos, y se rindieron a la obra creadora del Señor, que de las piedras saca hijos de Abrahán.
Pensar en Pedro es pensar en el Apóstol que confesó dentro del grupo de los doce a Jesús como el Cristo Hijo de Dios vivo. Pero también es pensar en el discípulo de la negación. Pedro proclama el Evangelio en el mundo judío, un mundo difícil para ese anuncio, ya que la tradición judía estaba muy arraigada en la vida del pueblo escogido, y no aceptaron en su mayor parte la predicación que Pedro hizo del acontecimiento Jesús el Cristo. Pedro debe ser nuestro ejemplo para confesar a Jesús y volver a él con humildad, a pesar de nuestras negaciones.
Pensar en Pablo es pensar en el Saulo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y asesino de cristianos. Pablo, llamado por Jesús después de su resurrección asume el reto y anuncia al mundo no judío el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Gracias a la misericordia de Dios que tuvo con él al llamarlo a la vida verdadera y gracias a su compromiso con la predicación a tiempo y a destiempo, el cristianismo se extendió y fue conocida la Buena Nueva de la
Salvación en los pueblos que no eran judíos. Pablo, el Apóstol de la inclusión de todos los pueblos y de todos los sujetos históricos en el amor de Dios, es testimonio para la Iglesia en general para que tengamos la valentía de aceptar a todos los que desean ser fieles al plan de Dios para que se desarrollen integralmente dentro de nuestras comunidades.
Pedro y Pablo. Dos figuras impresionantes que dominaron los primeros años de la vida de la Iglesia. Su presencia fue tan importante que hasta el día de hoy son considerados por todas las Iglesias como las dos grandes columnas en que se apoya la fe de la Iglesia. ¡Qué diferentes los dos! Son diferentes en origen: uno pescador iletrado; el otro fariseo y entendido de la ley. Diferentes en su experiencia de Cristo: uno le siguió por los caminos de Palestina en un largo proceso de encuentros y desencuentros con Jesús; el otro persiguió a los primeros cristianos y fue convertido por una experiencia de luz en el camino de Damasco.
Y sin embargo los dos unidos por la llamada de Jesús. Los dos con un carácter fuerte que pondrán al servicio de su misión evangelizadora. Los dos capaces de grandes empresas. De Palestina a Roma anunciando el Evangelio no era un paso pequeño en aquellos tiempos. Los dos también con sus debilidades, en el Nuevo Testamento nos encontramos con ellas, recogidas sin pudor y sin sombra del culto a la personalidad que tanto impera en nuestros días. En los dos se observa la apertura a la acción de la gracia que, poco a poco, va transformando a las personas.
Los dos llegan al final con generosidad y capacidad suficientes para dar su vida por el Evangelio. Los dos nos recuerdan que el cristiano no es santo desde que nace, sino que se va haciendo tal en la medida en que abre el corazón a la acción de la gracia.
c.   ¿Qué nos enseña la vida de Pedro?
Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos sus defectos, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (1 Pedro, 1,15)
Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.
Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.
d.  ¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?
Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.
Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.
e.  Esta conversión siguió varios pasos:
v  Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
v  Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
v  Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
v  Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.
Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.
El Espíritu hace que la palabra no sea vana. Apasionarse significa que alguien desea tener siempre delante de los ojos la figura de la persona amada y sentir que, cuanto más los ojos la contemplan más bella ella se torna y más ardientemente desea amarla. Es en este sentido que Pedro y Pablo fueron dos apasionados por Cristo.
Creen en Cristo y lo aceptan como Aquel que vino para confirmar en la FE a los justos y para salvar a los pecadores. Hoy también es así. Dios hace acontecer cosas maravillosas y cosas que sorprenden, cuando la persona, sea quien fuere y por peor que haya sido, hace que la vida sea comunión, y gracia de salvación. Creer en Cristo, da eficacia a la palabra; hace que la palabra sea vida.
La Liturgia de las Horas hace una hermosa semblanza de ambos:
Pedro, roca; Pablo, espada.
Pedro, la red en las manos;
Pablo, tajante palabra.
Pedro, llaves; Pablo, andanzas.
Y un trotar por los caminos
Con cansancio en las pisadas.
Cristo tras los dos andaba;
a uno lo tumbó en Damasco y al otro lo hirió con lágrimas.
Roma se vistió de gracia:
crucificada la roca, y la espada muerta a espada.
Amén.
“El Cristiano que no evangeliza, se fosiliza.”
“Hacer otra cosa en la Iglesia y no evangelizar es como reacomodar los muebles cuando la casa está en llamas.”

P. Marco Bayas O. CM


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