sábado, 30 de marzo de 2013

DOMINGO DE PASCUA (CICLO C) Evangelio: Juan 20,1-9

La Resurrección del Señor

Catequesis en el glorioso día de la Resurrección:

Evangelio Juan 20,1-9

El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro y del otro discípulo a quien Jesús amaba y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos tumbados, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó. Pues no habían entendido todavía la Escritura: ¡él "debía" resucitar de entre los muertos!

Introducción

Saludemos con júbilo este nuevo día

El Domingo de Pascua gritamos con todas nuestras fuerzas y desde lo más profundo de nuestro corazón: “¡Cristo ha resucitado de entre los muertos dándonos a todos la vida!”.

Este es el Domingo que da sentido a todos los domingos. Con la ayuda del Espíritu Santo, hacemos una proclamación de júbilo y de victoria que sea capaz de asumir nuestros dolores y los transforme en esperanza, que nos convenza que la muerte no es la última palabra en nuestra existencia.

Somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo en medio nuestro, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios.

La resurrección de Jesús tiene un significado y una fuerza que vale para toda la humanidad, para el cosmos entero y, de manera particular, para los dolorosos acontecimientos que afligen a la humanidad.

La Buena Nueva de la Resurrección de Jesús es palabra poderosa que impulsa nuestra vida. Por eso en este Tiempo Pascua tenemos que abrirle un surco en nuestro corazón a la Palabra, para que la fuerza de vida que ella contiene sea savia que corra por todas la dimensiones de nuestra existencia y se transforme en frutos de vida nueva.

Cristo Resucitado se hunde en nuestro corazón y desata una gran batalla interior entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación, entre la resignación y la consolación.

San Gregorio Nacianceno, predicando en un día como hoy decía: “Ha aparecido otra generación, otra vida, otra manera de vivir, un cambio en nuestra misma naturaleza”. ¡Esa es hoy nuestra seguridad!

En Juan 20,1-10, leemos el pasaje que describe el sensacional descubrimiento de la tumba vacía por parte de María Magdalena y de los dos más autorizados discípulos de Jesús, desatándose así una serie de reacciones. El relato contiene elementos muy valiosos que nos ayudan a dinamizar nuestro propio camino pascual.

Con la pedagogía de la espiral, reflexionemos:

  1. María Magdalena descubre que la tumba está vacía (20,1-2)

En torno a la figura de María Magdalena y a sus actos, vemos:

  1. María madruga: “Va de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro” (20,1).

Esta acción es signo evidente de que su corazón latía fuertemente por Jesús. El amor no espera. La hora de la mañana y los nuevos acontecimientos tienen correspondencia: de madrugada se anuncia un gran y radical cambio, la noche se aleja, el horizonte se aclara y bajo la luz todas las cosas van dando poco a poco su forma. Así sucederá con la fe en el Resucitado: habrán signos que anuncian algo grande, pero sólo en el encuentro personal y comunitario con el Resucitado todo será claro, el nuevo sol se habrá levantado e irradiará la gloria de su vida inmortal.

  1. María “corre” enseguida y va a informarle a los discípulos más autorizados, apenas se percata que el sepulcro del Maestro está vacío (20,2a).

Esta carrera insinúa el amor de María por el Señor. Lo seguirá demostrando en su llanto junto a la tumba vacía. Así María se presenta ante Pedro y el Discípulo Amado como símbolo y modelo del auténtico discípulo del Señor Jesús, que debe ser siempre movido por un amor vivo por el Hijo de Dios.

  1. María confiesa a Jesús como “Señor”: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (20,2b).

Para ella Jesús es el “Señor” (Kyrios), el Dios de la gloria, el inmortal. Ella está animada por una fe vivísima en el Señor y personifica así a todos los discípulos de Cristo, que reconocen en el Crucificado al Hijo de Dios y viven para Él.

Es un ejemplo a seguir en las diversas circunstancias y expresiones de la existencia, sobre todo en los momentos de dificultad y aún en las tragedias de la vida. Para la fe y el corazón de esta mujer la muerte en Cruz de Jesús y su sepultura, con todo su amor por el Señor se ha revelado “más fuerte que la muerte” (Cantar 8,6).

  1. Los dos discípulos corren a la tumba (20,3-10)

Según Juan los dos seguidores más cercanos a Jesús se impresionan con la noticia e inmediatamente se ponen en movimiento, ellos no permanecen indiferentes ni inertes sino que toman en serio un anuncio, que tiene tinte comunitario: “no sabemos”.

Las acciones de los dos discípulos se entrecruzan entre sí y superan cada vez más las primeras observaciones de María Magdalena.

  1. “Se encaminaron al sepulcro” (20,3)

La mención de los dos discípulos no es casual, ambos gozan de amplio prestigio en la comunidad y la representan. Se distingue en primer lugar a Pedro, a quien Jesús llamó “Kefas” (Piedra; 1,42), quien confiesa la fe en nombre de todos (Jn 6,68-69), dialoga con Jesús en la cena (13,6-10.36-38) y al final del evangelio recibe el encargo de pastorear a sus hermanos (Jn 21,15-17).

Por su parte el Discípulo Amado es el modelo del “amado” por el Señor, pero también del que “ama” al Señor (13,23; 19,26; 21,7.20).

  1. “El otro discípulo llegó primero al sepulcro” (20,4)

El Discípulo Amado corre más rápido que Pedro. Esto alude a su juventud, y también a un amor mayor. ¿No es verdad que correr es propio de quien ama?

  1. “Se inclinó, vio las vendas en el suelo, pero no entró” (20,5)

El discípulo amado llega primero a la tumba, pero no entra, respeta el rol de Pedro. Se limita a inclinarse y ver las vendas tiradas en la tierra. Él ve un poco más que María, quien sólo vio la piedra quitada del sepulcro.

  1. “Simón Pedro entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte” (20,6-7).

Al principio Pedro ve lo mismo que el Discipulado Amado, luego ve un poco más: el sudario que estaba sobre la cabeza de Jesús, está doblado aparte en un solo lugar.

Este detalle indica que el cuerpo del Maestro no ha sido robado, los ladrones no se hubieran tomado tanto trabajo… Jesús se ha liberado a sí mismo de los lienzos y del sudario que lo envolvían, a diferencia de Lázaro, que debió ser desenvuelto por otros. Las ataduras de la muerte han sido rotas por Jesús.

La tumba y las vendas vacías no son una prueba, son simplemente un signo de que Jesús ha vencido la muerte. Sin embargo Pedro no comprende el signo.

  1. “Entonces entró también el otro discípulo vio y creyó… que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (20,8-9)

El Discípulo Amado entra también en la tumba, ve todo lo que vio Pedro y da el nuevo paso que éste no dio: cree en la Resurrección de Jesús.

La constatación de simples detalles despierta la fe del Discípulo Amado en la Resurrección de Jesús, para él el orden que reinaba dentro de la tumba fue suficiente. No necesitó más para creer, como sí necesitó Tomás. A él se le aplica el dicho de Jesús: “dichosos los que no han visto y han creído” .

El Discípulo Amado “vio” y “creyó” en la Escritura que anunciaba la resurrección de Jesús. Esto ya se había anunciado en Juan 2,22.

La asociación entre el “ver” y el “creer” formará en adelante uno de los temas centrales del resto del capítulo; se describen las apariciones del Resucitado a los discípulos y termina diciendo: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”.

  1. En la pascua Jesús se convierte en el centro de la vida y de todos los intereses del discípulo.

En la mañana del Domingo la única preocupación de los tres discípulos del Señor, María, Pedro y el Discípulo Amado, es buscar al Señor, a Jesús muerto sobre la Cruz por amor para la salvación de toda la humanidad. El amor los mueve a buscar al Resucitado en ese estupor que sabe entrever en los signos el cumplimiento de las promesas de Dios y de las expectativas humanas. Entre todos, cada uno con su aporte, van delineando un camino de fe pascual.

La búsqueda amorosa del Señor se convierte luego en impulso misionero, se trata de una experiencia contagiosa la que los envuelve a todos, uno tras otro.

El evento histórico de la resurrección de Jesús no se conoce sólo con áridas especulaciones sino con gestos contagiosos de amor gozoso y apasionado. El acto de fe brota de uno que se siente amado y que ama, como dice San Agustín: “Puede conocer perfectamente solamente aquél que se siente perfectamente amado”.

¡Así todos nosotros, discípulos de Jesús, debiéramos amar intensamente a Jesús y buscar los signos de su presencia resucitada en esta nueva Pascua!

  1. Las primeras confesiones de fe

Los primeros cristianos expresaron su fe en la resurrección a través de fórmulas (1 Cor 15,3-5), confesiones de fe que dejan claro que Jesús fue “despertado” de la muerte (Rom 10,9; 1 Cor 15,3-5; 1 Tes 1,10; 4,14) y con himnos que celebran la exaltación gloriosa de Jesús (Rom 1,3s; Flp 2,6-11; 1Tim 3,16; Ef 4,7-10; Rom 10,6s; 1Pe 3,18-22…).

Entre estas fórmulas, confesiones de fe e himnos sobresale 1 Cor 15,3-5: “Porque yo les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo MURIÓ por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado, y RESUCITÓ al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce”.

Pablo refleja de manera íntegra el acontecimiento de la resurrección. Los primeros cristianos se dieron cuenta que no se debía separar la muerte de la resurrección; más aún, se convencieron de que todo esto tenía sentido si ellos se creían testigos. El olvido de la Cruz y de la entrega de la vida de Jesús, conduce a un triunfalismo estéril; el rechazo de la resurrección lleva al fatalismo.

Los escritos de San Pablo remarcan esta doble dimensión. En 1 Tes 4,14: “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús”; Rom 8,34 dice: “¿Quién condenará?  ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros?”; y “Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rom 14,9; 4,25; 2 Cor 5,15).

Los Evangelios insisten también en los diversos relatos de las apariciones la estrecha unidad entre la cruz y la resurrección, la entrega de la vida y la glorificación del Señor (Mt 28,5-8; Lc 24,1-8.36-42; Jn 20,19-29). La relación fundamental entre muerte y resurrección aparece ya en los anuncios de la pasión: Marcos 9,30-32; Mateo 17,22-23; Lucas 9,22. En este contexto de proclamaciones de fe en el Resucitado se ubica el relato de Juan (20, 1-18).

5.  El hecho de la resurrección es trans-histórico,

Es decir que está más allá de lo que podemos conocer o demostrar con las ciencias, no significa en absoluto que  sea irreal. Cuando un acontecimiento afecta la vida en su integralidad y es posible aceptarlo como algo transformador, en ese momento es el algo real. Que algo sólo se pueda experimentar pero no demostrar no significa que no sea real. Por esto, los primeros escritos cristianos, entre ellos los evangelios, hablan de la necesidad de la fe en el testimonio de los discípulos. A partir de éste, la resurrección de Jesús es un hecho que el creyente puede llamar real.

6.  Lo que pretenden los evangelistas al presentar la resurrección.

No pretenden construir una secuencia cronológica de los acontecimientos, sino significar desde diversas perspectivas el efecto de este acontecimiento en la vida del ser humano y en la historia. Aquí entra la perspectiva del Evangelio de Juan. Una de las características fundamentales del relato de la resurrección de Juan es que la vida eterna de Dios penetra en los acontecimientos terrenos; la vida que no se acaba, la resurrección, Dios mismo, se interna para siempre en nuestra historia.

7.  No es casualidad que sean unas mujeres representadas en María Magdalena las primeras testigos de la resurrección.

En aquel tipo de sociedad las mujeres no podían actuar jurídicamente como testigos; sin embargo, el Señor Resucitado las escoge como las primeras testigos de este gran acontecimiento. La afirmación de María Magdalena “no sabemos…” es señal, desde la perspectiva narrativa, que había más de una  mujer (ver también Mt 28,1).

Con esto se da a entender no sólo la importancia de la mujer en las primeras comunidades cristianas sino también la fuerza renovadora de la resurrección. María Magdalena es un prototipo de discípulo: piensa que Jesús está muerto, no se da por vencida ante el sepulcro vacío, reconoce al resucitado, lo experimenta y se convierte en la mensajera de esta buena noticia.  

Esto se percibe en una serie de detalles; María Magdalena es la primera que llega al sepulcro; mientras Pedro y el otro discípulo vuelven a casa sin entender suficientemente todavía lo que ha sucedido, ella permanece fuera del sepulcro llorando. Su atrevimiento de asomarse al sepulcro no es señal de duda sino de búsqueda; de modo que se atreve a interpelar a Jesús confundiéndolo con el jardinero para llevarse el cuerpo.

Y lo más importante, después de ser la primera en reconocer al Señor Resucitado y de tocarlo, el evangelista insiste en que el Señor la llama por su nombre; en la mentalidad semita el nombre pronunciado en un discurso directo llega hasta lo más profundo del corazón. Enseguida se recupera la relación personal que había sido rota por la muerte y se convierte en mensajera de la noticia más importante de la fe cristiana: ¡El Señor ha resucitado!

Juan presenta a esta mujer como portavoz de la nueva alianza hecha realidad: “subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios”. La orden que da Jesús a María Magdalena no se debe traducir como “no me toques” sino como “deja de tocarme”. Esta gran mujer no sólo tendió los brazos para querer tocarlo sino que se abrazó a sus pies como un gesto de adoración como el de las santas mujeres de Mt 28,9. La orden de Jesús está en relación a su misión; debe convertirse en mensajera de esta gran noticia y no puede permanecer abrazada a Jesús. Ahora tiene la tarea de compartir esto con todos.

8.  Aclarar esta nueva alianza.

Jesús, el Hijo, ha bajado del cielo (Jn 3,13; 6,33.38.49-51.58), ha salido de Dios (8,42; 16,27-28; 17,8) y ha cumplido su misión hasta el final. Ahora sube al Padre después de haber sido fiel hasta el grado de entregar la vida; es la culminación de su obra. La finalidad de la venida de Jesús era elevar a todos los hombres hacia Él. A partir de la entrega de la vida de Jesús y de su resurrección, se inicia una nueva alianza entre Dios y los hombres en Jesucristo. Esta alianza sólo se sostiene en el amor a los hermanos (Jn 13).

9.  El Evangelio habla del discípulo amado.

Mucho se ha especulado sobre el discípulo que corre con Pedro. El evangelista en su afán catequético con sus comunidades quiso involucrar a cualquiera que leyera o escuchara el evangelio.

Se entusiasma ante la noticia de María Magdalena; incluso en su preocupación por darle su lugar a Pedro (21, 9-23, cosa que había descuidado en los capítulos precedentes a diferencia de los evangelios sinópticos), el evangelista, presenta al discípulo amado inclinándose, viendo los lienzos pero sin entrar.  Una vez que entró vio y creyó.

El discípulo cree al ver los indicios que quedaban en el sepulcro; incluso antes de su contacto con el Resucitado supera el abismo: en ausencia del cuerpo aquellos lienzos funerarios tuvieron para él valor de signo. San Juan Crisóstomo decía: “si hubieran robado el cuerpo, no se habrían preocupado de quitar el sudario, de enrollarlo y dejarlo aparte… La separación de los lienzos, el poner unos a un lado y otros al otro después de enrollarlos debidamente, era obra de alguien que actuaba con cuidado, no al azar, no bajo los efectos de la prisa”.

Mientras Pedro pensaba en el rapto, el discípulo amado creía en la resurrección. El discípulo captaba en el sepulcro vacío que el Señor había vencido todo lo que tenía que ver con el tiempo y con la limitación humana; ¡Jesús había vencido la muerte! No hay contradicción entre los versículos 8 y 9; que el discípulo haya visto y creído pero no haya comprendido todavía la Escritura no guarda contradicción. La Iglesia primero experimentó al Resucitado y después iluminó su fe repasando la Escritura.

10.    Algunas últimas consideraciones.

Los primeros cristianos veían y experimentaban la Resurrección como el acontecimiento central de la vida de Cristo y, por lo tanto, de las personas. Es que, en la vida, muerte y Resurrección de Jesucristo ocurre algo que cambia totalmente el significado del mundo, de nuestra vida, de la relación entre nosotros y con Dios; al resucitar el Padre a su Hijo Jesucristo se declara a favor de la vida no de la muerte, a favor de los inocentes no de los verdugos, del amor no del egoísmo. De ahí que la Resurrección no se predique como una enseñanza sino que se proclame como una Buena Noticia para todos.

Con la Resurrección se abre la esperanza firme de que el triunfo de la muerte no es definitivo, los que matan al hermano no son los héroes de la historia y el mal no tiene la última palabra; se puede y podemos mejorar la realidad.

No debe preocuparnos sólo el significado de la Resurrección sino también su sentido. La Resurrección de Jesucristo nos garantiza y promete lo siguiente:

Ø  No sólo reviviremos; no se trata de una “vuelta” sino de una entrada a algo mayor, la entrada a la vida nueva que es la misma Vida de Dios.

Ø  La Resurrección no es algo –un suceso- de esta historia; no es algo que se dé aquí, en este tiempo y en este espacio, o como lo imaginemos… ¡pero sí afecta nuestra vida! ¡Se relaciona con nuestro caminar diario, con todo lo que vivimos, pensamos y somos!

Ø  Es la garantía firme de que todas las personas estamos llamadas a ella. Por eso proclamamos “muerte ¿dónde está tu victoria?”. Sabemos que la muerte es inevitable pero que ella no es lo último.

Ø  La fe en la Resurrección nos convierte en testigos de la vida, del amor, la justicia, la amistad, el compromiso, la esperanza y la fe.

Ø  La Resurrección no se puede creer de manera egoísta. Creemos que ella sólo la podemos vivir y conseguir junto a, con y por los demás.

No vaciemos de significado y retos el acontecimiento de la Resurrección. Nuestra fe en ella nos convierte en testigos-misioneros que con nuestra vida debemos decir que la vida vale la pena vivirla bien porque la muerte no es la última palabra; que debemos vivir como hermanos porque desde la perspectiva de Dios y de los cristianos verdaderamente maduros, los héroes verdaderos de la historia no son los que se aprovechan de los demás y los hunden, sino los que trabajan por el amor, la paz y la fraternidad. Y por último, porque creemos en la resurrección del Señor y en la nuestra, debemos ser testigos y misioneros comprometidos con nuestra realidad para que ésta vaya siendo un entorno de vida y no de muerte.

Terminamos en espíritu de oración:

Tú dices: “Yo soy la resurrección y la vida”,

y todo cambia ante nuestros ojos.

En tus manos se transforma el mundo, Señor.

Nuestra tierra, escenario del odio,

se convierte en la semilla que trabaja tu Reino.

En sus surcos Tú trabajas.

Nuestra alegría, que tan pronto pasa,

se hace semilla de alegría eterna.

De su luz Tú sacarás el sol.

La muerte ya no pone término

porque en el término

Tú siembras el comienzo.

La vida y la muerte en duro combate.

Vence la vida porque Tú estás en ella.

Y nosotros vencemos contigo.

En ti resucitó la tierra.

En ti resucitó el cielo.

En ti se hunde todo

y se yergue, sola, la vida.

Señor Resucitado:
Tú vives, has resucitado de entre los muertos.
Tú vives, ha sido un milagro patente.
Tú vives, la muerte ha sido vencida.
Tú vives, la vida es más grande que la muerte.
Tú vives, primicia de todos los vivos.
Tú vives, y eres la vida.
Tú vives, tu carne no ha conocido la corrupción.
Tú vives, no has sido abandonado a la muerte.
Tú vives, y nos enseñas el camino de la vida.
Señor resucitado, sé nuestra fuerza, nuestra vida.
Señor resucitado, danos la alegría de vivir.
Señor resucitado, ábrenos a la inteligencia de las Escrituras.
Señor resucitado, enséñanos a caminar como hermanos a tu encuentro.
Señor resucitado, haz de nosotros una comunidad en marcha,

una comunidad viva y de vida.

Señor resucitado, pon calor en nuestros corazones.
Señor resucitado, pon claridad en nuestros ojos de creyentes.
Señor resucitado, pon humildad en nuestra vida entera

para reconocerte como vivo.
Señor resucitado, pon espíritu en nuestra alma para llegar a la santidad.

Felices Pascuas de Resurrección.

 

Hoy es el mejor día del calendario cristiano.  ¡Jesús vive!  ¡Él resucitó de los muertos y vive hoy!  Pero no sólo experimentó la Resurrección, ¡Él es la Resurrección!

Dios no removió la piedra para que Jesús saliera; lo hizo para que nosotros pudiéramos entrar y observar que, ahí, ya no hay nadie…

P. Marco Bayas O. CM


 

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