viernes, 16 de agosto de 2013

XX DOMINGO ORDINARIO Lecturas CICLO C Evangelio: Lc 12,49-53

XX DOMINGO ORDINARIO
Lecturas CICLO C
Evangelio: Lc 12,49-53
“He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!...
 ¿Creen ustedes que he venido para establecer la paz en la tierra? Les digo que no; más bien he venido a traer división.
Lucas 12,49-53: En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!
Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!
¿Creen ustedes que he venido para establecer la paz en la tierra? Les digo que no; más bien he venido a traer división. Pues de ahora en adelante hasta en una casa de cinco personas habrá división: tres contra dos y dos contra tres.
El padre estará contra del hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»
Introducción: “¿Piensan que vine a traer paz a la tierra?”
En el texto de este domingo Jesús pronuncia palabras que parecen contradecir toda su predicación centrada en el amor.
Este pasaje y el de la higuera estéril (Lc 13,1-9) producen en mi, una intensa necesidad de entender porque el Señor de la Paz, del Amor y de la Unidad se manifestaba, aparentemente, de modo agresivo.
No es que Jesús haya venido con el propósito de provocar división. Sino que su venida genera de manera inexorable división y contraste, porque Él nos pone en una disyuntiva. Nos interpela a tomar una decisión. Su palabra y su Persona sacan a la luz, lo más oculto del corazón humano.
Es el anticipo de Simeón a María, en el momento de la presentación del Niño en el templo: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 35).
Jesús viene a establecer la verdadera paz. Su enseñanza y testimonio son la prueba evidente que Él es el signo de los opuestos. Él fue el mártir que se entregó voluntariamente a la muerte, y muerte de cruz, para restablecer el vínculo de los hombres entre sí y con el Padre.
La cuestión medular es descubrir ¿cuál es la paz y la unidad que Jesús nos trae? Él ha venido a traer la paz y la unidad en el bien, la que conduce a la vida eterna, y ha venido a desenmascarar la falsa paz y unidad que el mundo nos propone para adormecer las conciencias y conducirnos al vacío de la vida en frivolidad y en superficialidad.
Por eso no debemos ver contradicción en las palabras de Jesús: “¿Creen ustedes que he venido para establecer la paz en la tierra? Les digo que no; más bien he venido a traer división”, con su doctrina centrada en el mandamiento del amor, en nada se contrapone con la paz a los hombres, que prometen los ángeles en el nacimiento de Jesús (Lc 2,14).
Tampoco Jesús pretende sembrar la división en las familias. Lo que busca es destacar que lo primero es el Reino de Dios y la salvación de todos.
  1. Jesús busca la radicalidad: ¡El único Absoluto es Dios!
En ese contexto debemos entender el fuego, que en el texto bíblico no siempre es sinónimo de destrucción. En varias ocasiones es signo de vida, y de vida abundante. Juan el Bautista les dice a sus seguidores: “Yo les bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo, a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego…” (Lc 3,16).
La venida del Espíritu Santo es presentada en Hechos como fuego: “aparecieron lenguas como de fuego…”. Este es el fuego que quiere Jesús encender en el corazón de sus discípulos. Es el ardor, la entrega entusiasta y amorosa a la causa del Evangelio. Estamos llamados a ser “signo de contradicción” como lo fue el Maestro.
Nuestra fe apostólica nos impone la permanente disposición como discípulos constantes y coherentes de Jesús, a sufrir gozosamente la contradicción de una vida entregada a la causa de los más desfavorecidos. A decir con San Lorenzo: “los pobres son los verdaderos tesoros de la Iglesia”.
Anunciar y vivir imitando a Jesús, provoca un profundo sentimiento de conflicto y división en este tiempo dominado por el consumismo, por la indiferencia religiosa o por un secularismo cerrado a la trascendencia, donde se desprecia el sacrificio y el esfuerzo, y se exalta la cultura individualista.
Esto es el cumplimiento de la bienaventuranza proclamada por el mismo Jesús: “Dichosos serán ustedes cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía…” (Mt 5,11).
La Palabra de Jesús provoca división. Ello no nos debe alejar de la misión irrenunciable del cristiano: vivir el Evangelio, transformarse cada uno y buscar transformar la sociedad. Los cristianos debemos hacernos el firme propósito de buscar el camino de Dios y discernir permanentemente si optamos por la paz de Jesús o la paz del mundo (Jn 14,27-31), para que Jesucristo ocupe el centro de nuestra vida. De ese modo no traicionaremos al Evangelio.
Jesús dice a los apóstoles: “Mi paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni tenga temor” (Jn 14,27). Con su muerte y resurrección aniquila la falsa paz mundana, asociada al mal y al pecado, al tiempo que abre las puertas a la nueva paz, fruto del Espíritu. Es la paz del Jesús de la Pascua. Es la paz del Resucitado.
Los discípulos han venido aprendiendo cómo superar “la codicia” que suscita comportamientos hipócritas, que Jesús llamó la “levadura de los fariseos”. Pero falta todavía la última lección, que no puede ser otra que la de la Pasión de Jesús y sus consecuencias.   

Jesús habla a sus discípulos de su propia vocación.  Su experiencia personal se proyecta inmediatamente sobre sus seguidores, porque el destino del discípulo está profundamente unido al del Maestro. El sentido de la vida de Jesús determina el sentido de la vida de sus discípulos.
Jesús dice cómo percibe su misión y su destino a partir de dos imágenes contrapuestas:
1º el “Fuego” y
2º el “Agua”. 
  1. El “Fuego” el resultado de la venida de Jesús al mundo.   
Jesús compara su venida a la tierra como un fuego que se expande a toda velocidad por un campo semiárido. Es un fuego purificador de la humanidad y  es símbolo del juicio de Dios, como aquel fuego que el profeta Elías hizo caer sobre el monte Carmelo que debía llevar al auditorio a elegir entre Baal o Yahvé (1 Reyes 18,21). 
Por eso este fuego divide: “¿Creen ustedes que he venido para establecer la paz en la tierra? Les digo que no; más bien he venido a traer división”.  Jesús lo expresa como un “celo ardiente”, que nos recuerda el Salmo 68,9: “el celo de tu casa me devora”. 
La imagen del fuego en la Biblia no tiene un sentido único. Puede ser imagen de la devastación y del castigo y puede también ser la imagen de la purificación y de la iluminación (Is 1,25; Zc 13,9).
Evoca protección: “Si pasas en medio de las llamas, no te quemarás” (Is 43,2). Juan Bautista bautizaba con agua, pero después de él, Jesús habría de bautizar por medio del fuego (Lc 3,16). Aquí, la imagen del fuego es asociada a la acción del Espíritu Santo que descendió el día de Pentecostés bajo la imagen de lenguas de fuego (Hech 2,2-4).
Las imágenes y los símbolos no tienen nunca un sentido obligatorio, totalmente definido. Es típico de la naturaleza del símbolo provocar la imaginación de los oyentes y de los espectadores. Así la imagen del fuego combinado con la imagen del bautismo indica la dirección en la que Jesús quiere que la gente dirija su imaginación.
  1. El “Agua”, los efectos sobre la misma persona de Jesús.  
La misión del Señor tiene consecuencias sobre su misma persona. Jesús será sumergido en las aguas profundas -un bautismo- de la muerte. De esta forma se refiere a su pasión. Cuando Él dice: ”he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!”, no está diciendo que se quiera morir rápido, sino que su mayor deseo en la vida es llevar a cabo el destino que el Padre le asignó. 
Las dos imágenes confluyen en el anuncio que Jesús hace sobre la vida de los discípulos, sabe que su situación personal será la del conflicto. El conflicto de incomprensión entre aquellos que ya viven la vida nueva y los que todavía no han dado el paso de conversión. Como su Maestro, ellos son “signo de contradicción” (2,34). 
Lo que aquí se anuncia será todavía más claro en 21,17: “Seréis odiados todos por causa de mi nombre”.  El evangelio nunca oculta que éste sea el destino del discípulo: su vida madurará y llegará a la plenitud por el mismo camino de su Señor, siempre a la sombra de la Cruz.
El bautismo es asociado con el agua y es siempre expresión de un compromiso de Jesús con su pasión: “¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?”. (Mc 10,38-39).
  1. Jesús vino a traer la división.
Jesús habla siempre de paz (Mt 5,9; Mc 9,50; Lc 1,79; 10,5; 19,38; 24,36; Jn 14,27; 16,33; 20,21.26).
Entonces ¿cómo entender la frase del evangelio que parece decir lo contrario? Esta afirmación no significa que Jesús estuviera a favor de la división. ¡No! Jesús no quiere la división.
El anuncio de la verdad que Jesús era el Mesías se volvió motivo de división entre los judíos. Dentro de la misma familia o de la comunidad, unos estaban a favor y otros radicalmente en contra.
La Buena Noticia de Jesús era realmente una fuente de división, una “señal de contradicción” (Lc 2,34) o como decía Jesús: “Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.
Era lo que ocurría, de hecho en las familias y en las comunidades: muchas divisiones, mucha discusión, como consecuencia del anuncio de la Buena Noticia entre los judíos de aquella época, unos aceptando, otros negando.
Lo mismo vale para el anuncio de la fraternidad como valor supremo de  convivencia. No todos concordaban con este anuncio, pues preferían mantener sus privilegios. Por esto, no tenían miedo de perseguir a los que anunciaban la fraternidad y el compartir. Esta división surgía y que está en el origen de la pasión y de la muerte de Jesús. Era lo que sucedía.
Jesús quiere la unión de todos en la verdad (Jn 17,17-23). Muchas veces, allí donde la Iglesia se renueva, el llamado de la Buena Noticia se vuelve una “señal de contradicción” y de división. Personas que durante años vivieron acomodadas en la rutina de su vida cristiana, incomodadas por los cambios, usan toda su inteligencia para encontrar argumentos en defensa de sus opiniones y para condenar los cambios como contrarios a lo que ellas piensan ser la verdadera fe.
  1. El espíritu de la discordia.
¿Es el Evangelio predicado por Jesús un mensaje para extinguir la paz del mundo? Si el Evangelio no nos ayuda a vivir en paz, ¿de qué nos sirve ser cristianos?
¿En qué sentido les ha sido arrebatada la paz a los cristianos que, en los últimos veintiún siglos, han padecido, por causa de haberse proclamado, seguidores de Jesús?
Para responder estas y otras preguntas, lo primero que debemos saber, es que, el concepto de paz que tenemos, no está relacionado, con el concepto de paz, que Jesús enseñó, a sus seguidores.

Para la mayoría, la paz se reduce a la ausencia de conflictos, pero, para Jesús, la paz es tener la seguridad de cumplir la voluntad de Dios, aunque ello suponga el hecho de padecer, rompiendo con el mundo y su maldad.
El seguimiento de Jesús no es una cuestión de fanatismo, sino una de las muchas opciones vitales que podemos tomar, aunque ello disguste a nuestros familiares. Surgen entonces una serie de interrogantes:
v  ¿Por qué arrojó Jesús su fuego en el mundo, si sabía que mucha gente inocente iba a sufrir por ello?
v  ¿Por qué arrojó Jesús su fuego sobre el mundo, si sabía que muchos de sus seguidores iban a morir en el Coliseo romano devorados por fieras salvajes?
v  ¿Por qué arrojó Jesús su fuego sobre el mundo, si, por ser Dios, sabía que varias décadas después de que Él predicara el Evangelio, Nerón iba a incendiar Roma, e iba a culpar a los cristianos por ello?
v  ¿Por qué arrojó Jesús su fuego en el mundo, si, por ser Dios, sabía que, entre sus seguidores, surgirían quienes mandaran matar, en nombre de Dios?
Respondamos estas y otras preguntas, resolviendo la siguiente cuestión:
v  ¿Debía permanecer Jesús indiferente ante el sufrimiento del mundo, y ante los abusos cometidos por muchos poderosos de la tierra?
v  ¿De qué nos hubiera servido que Dios hubiera resuelto el problema del mal mágicamente, para probablemente haberlo vuelto hacer surgir en el futuro, por no haber podido participar en la erradicación del mismo, aprendiendo lo que significa al mismo tiempo?
Por sí mismo, el Evangelio no tiene por qué extinguir la paz del mundo. En ciertos casos sucede que, independientemente de que seamos cristianos, no sabemos o no queremos respetar a quienes no piensan lo mismo que nosotros, y por ello surgen conflictos.
Independientemente de que seamos cristianos, tenemos que aprender a ser tolerantes. Yo puedo estar o no estar de acuerdo con la manera de vivir de cierto colectivo de gente, pero no puedo imponerle mi manera de pensar a nadie.
Si la aplicación de la Palabra de Dios a nuestra vida no nos hace experimentar la paz predicada por Jesús, ello sucede porque no la hemos captado perfectamente, y porque apenas tenemos fe en Dios.
A quienes han padecido por ser cristianos, se les ha arrebatado la paz que tenemos quienes no vivimos situaciones conflictivas, pero no se les ha arrebatado la paz de Jesús, consistente en la satisfacción, de cumplir la voluntad de Dios.
  1. “Vine a traer división”: Un Evangelio para hoy.
En Jesús, el amor, la paz y la verdad van juntos, por que liberan al hombre.
Desde los primeros años del cristianismo, el mundo de “la poligamia”, de la “multitud de divinidades”, de “esoterismos” y “supersticiones”, de la “barbarie de tribus que aniquilaban otras tribus, de pleitos de familias contra familias, fue transformado por la presencia de los cristianos. En el Imperio Romano y en los “pueblos bárbaros” de Europa, la presencia de la Iglesia pacificó a Europa y le dio unidad e identidad.
En Mesoamérica, bajo el dominio del Imperio Azteca, el cristianismo liberó a pueblos esclavizados de tener que ofrendar a sus hijos a las “divinidades”.
El pensamiento cristiano fue el sustento unificador, fundamento para la creación de las Naciones Unidas y la Declaración de los Derechos Humanos.

Hoy, surgen nuevas situaciones de violencia y de injusticia, en contra de grandes sectores de la humanidad. “El mal también se globaliza” y cuenta con nuevas estrategias y alcances mayores. Hoy hacen falta cristianos que se dejen purificar y transformar por “el fuego del amor de Dios”.
La humanidad en su totalidad, nunca ha aceptado a Jesucristo y muchos todavía no lo conocen, por lo mismo es más notoria la presencia del creyente en los ambientes y épocas donde se han vivido plenamente los valores cristianos. Fruto de esta presencia son los orfanatos, los hospitales, las escuelas y universidades, así como las expresiones más bellas en el campo de la música, la pintura, la arquitectura y en el arte, en general.
Hoy podemos constatar como el fuego del amor de Dios sostiene a muchos, jóvenes y adultos, en su esfuerzo por ser mejores y por no dejarse dominar por el mundo y sus criterios. Familias enteras han dejado que el fuego del amor de Dios, sea el centro de su unidad y convivencia familiar.
Estar consciente del pasado cristiano, como creyentes, nos da esperanza hacia el futuro y nos presenta el reto para nuestro aquí y ahora. La fuerza del mensaje de Cristo y la presencia de los hombres y mujeres que se han dejado transformar por Él, son el testimonio que nos tiene que llevar a asumir el reto de abrir nuestro corazón a Jesucristo, para que al igual que nuestros antepasados, a pesar de los problemas que tengamos que afrontar, no dejemos de conocer mejor nuestra fe y de trabajar para que su valores y principios, sea respetados y vividos en medio de un mundo y de personas que viven alejadas de Dios.
No podemos decir que haya existido alguna época “perfectamente cristiana” pero no podemos dejar de reconocer que en la “imperfección del mundo” ha brillado el testimonio de los santos, quienes han manifestado el fuego del amor de Dios en sus vidas, siendo felices, aún en medio de situaciones trágicas para su país o la humanidad: Tomás Moro en tiempos de Enrique VIII, Maximiliano Kolbe ante el nazismo, Miguel Agustín Pro en la persecución religiosa en México,  Santa Clara en la invasión a Asís por parte de los Sarracenos, San Francisco de Asís en el tiempo de reconstruir la Iglesia, San Vicente de Paúl cuando Europa se desangraba y perecía en la miseria, etc. Y ahora, tú y yo en tiempos en que…
La presencia del cristiano, no sólo ha de cambiar su entorno familiar, sino a la sociedad y a la humanidad entera. Hay mucho por hacer, pero al igual que los santos y los creyentes de otras épocas, cada uno debemos hacer lo que nos toca realizar hoy.

7.  Terminamos en espíritu de oración.
Pidámosle al Señor que en nuestro corazón arda el fuego de su amor.
Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre, y del Hijo.
Inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
Dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Espíritu de Caridad, haznos amar a Dios y a nuestros semejantes                como Tú quieres que los amemos.
Espíritu de Gozo, otórganos la santa alegría,                                                  propia de los que viven en tu gracia.
Espíritu de Paz, concédenos tu paz, aquella paz que el mundo no puede dar.
Espíritu de Paciencia, enséñanos a sobrellevar las adversidades                          de la vida sin indagar el por qué de ellas y sin quejarnos.
Espíritu de Benignidad, haz que juzguemos y tratemos a todos con benevolencia sincera y rostro sonriente, reflejo de tu infinita suavidad.
Espíritu de Bondad, concédenos el desvivirnos por los demás,                               y derramar a manos llenas, cuantas obras buenas nos inspires.
Espíritu de Longanimidad, enséñanos a soportar las molestias                              y flaquezas de los demás, como deseamos soporten las nuestras.
Espíritu de Mansedumbre, haznos mansos y humildes de corazón,                          a ejemplo del Divino Corazón de Jesús, obra maestra de la creación.
Espíritu de Fe, otórganos el no vacilar en nuestra fe, y vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, e iluminados por tus inspiraciones.
Espíritu de Modestia, enséñanos a ser recatados con nosotros mismos,                a fin de no servir nunca de tentación a los demás.
Espíritu de Continencia, haznos puros y limpios en nuestra vida interior,            y enérgicos en rechazar lo que manche el vestido blanco de la gracia.
Espíritu de Castidad, concédenos la victoria sobre nosotros mismos; haznos prudentes y castos; sobrios y mortificados; perseverantes en la oración y amantes de Ti, oh Dios del Amor hermoso.
Así sea.
“Hoy entrego mi vida, a tus pies Señor. Hoy entrego mi amor, en tu dulce Corazón. Duele entregarte lo que amo, es una espada que traspasa mi alma. Pero me diste ese amor, y hoy vuelve a ti mi Dios.
Porque no tengo dudas de que me amas, porque en mi no hay dobleces. Entrego lo que amo, entrego a mi amor. Eres tú mi Padre, eres tú mi Dios, nada quiero guardarme. Sólo vivir de ti… mi gran Amor.
Hoy lloro, y hoy comprendo esta entrega. Pero así debe ser, el amor es sacrificio, el amor es morir a uno mismo.
Te doy gracias mi Dios, te doy gracias y confió. Me abandono y espero. Te doy Gracias. En acción de gracias por el amor”

P. Marco Bayas O. CM

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